Hace un buen tiempo le compramos a la Isi su primera bicicleta. Le compramos una de esas bicicletas con rueditas obviamente y, además, muy femenina. Esto no sólo porque es una niña si no que, además, por la recomendación del vendedor que nos indicó las ventajas de una bici de mujer versus una de tipo bici-cross y/o mountain bike. En términos simples, por las características del volante, la espalda se mantiene erguida a diferencia de las otras bicicletas y esto, obviamente, nos pareció algo deseable.
Durante un buen tiempo anduvo en su bici con rueditas sin problemas. Nada muy constante, pero, si de vez en cuando y, desde hace ya algunas semanas, comenzó a pedirme que le sacara las rueditas. Así que, así lo hice y comencé el proceso de intentar enseñarle a andar sin ellas. Obviamente, como papá primerizo, no tenía ninguna idea de cuál era el proceso, así que, comencé por lo que me parecía obvio: el equilibrio.
Una y otra vez salimos a pasear en la bici. Yo empujándola y tratando de que se equilibrará un rato sin mi ayuda. Obviamente, un proceso muy lento y, para colmo, en el cual yo sentía no había ningún avance. Después de unos dos fines de semana en que lo intentamos, al parecer ella también se dio cuenta que no lo iba a lograr tan fácil y se desmotivó, probablemente, mucho menos de lo que me desmotivé yo.
Así que, con el objeto de acelerar el paso y no cometer el mismo error con la Anto, compré una bicicleta de entrenamiento. Obviamente, la Isi fue la primera en probarla y, de ahí en adelante, usarla día y noche por los pasillos de la casa con las consiguientes peleas con la Anto por la propiedad de la bici (que no estaba en discusión por si acaso). Después de dos semanas, la situación se puso un poco inmanejable y tuvimos que comenzar a guardar la bici para que la Isi no la usara adentro de la casa.
Hoy, la Isi me volvió a insistir en que quería practicar en su bici así que, aprovechando el día, salimos a andar a la calle. Yo no iba muy motivado, pero, comencé con la misma estrategia: el equilibrio. Así que, se subió y la empujé para que se equilibrara. Para mi sorpresa, esta vez sentí que lo estaba logrando. Lo intentamos una vez más y esta vez salió perfecto. Así que, la tercera es la vencida. Hicimos el mismo ejercicio y esta vez le pedí que pedaleara. El resto de la historia es obvia: ya sabía andar en bici y comenzó a dar vueltas en la calle una y otra vez. Su felicidad era tan grande que casi no cabía encima de la bici y, fue tanta su sorpresa de verse andando en bici que me dijo:
- Papi… Papi… ¡la Bici de la Anto es mágica!
Obviamente yo siento lo mismo.