martes, 30 de noviembre de 2010

El Charquican

La semana pasada anduve en Córdoba, Argentina por trabajo. Como parte de mi rutina habitual en estos casos, además de traer algunos regalos ad-hoc (juguetes, muñecas, libros, etc.), siempre trato de traer algunas cosas comestibles que no se consiguen en Chile. Cuando fui a Perú traje unas galletas bañadas en chocolate con chispas de colores que, para mala suerte de todos, eran exquisitas. Esta vez traje unas galletas Oreo bañadas con chocolate blanco que, por suerte, no las venden acá. Compré una caja que venía con 6 paquetes de dos galletas cada uno, típica caja para display en kioskos o similares ya que tenía un prepicado para doblar la tapa y publicitar el producto.

Habíamos terminado el desayuno cuando la Isi me preguntó si podía darle más galletas para el colegio. Como quedaba un paquetito, pensé en jugar un momento a que se lo vendía. Así que, abrí el refri, preparé la caja por medio del prepicado y le dije:

- Bueno días señora... ¿qué es lo que va a llevar hoy? - con el tono de vendedor de kiosko que siempre le pongo.

Se quedó pensando un momento y me dijo:

- Quiero ese paquete de galletas.

- Ah - exclamé - Ese paquete cuesta diez pesos.

La Isi se fue corriendo a la pieza y trajo una tarjeta de crédito y una moneda de plástico. Cuando llegó me dijo que pagaría con eso. Yo hice la simulación del cobro y de la entrega del vuelto. Terminada la transacción, le pregunté:

- ¿Y para qué quiere ese paquete de galletas?

- Para dárselo a mi hija - me contestó.

- ¿Usted alimenta a su hija con eso? - le pregunté.

Y, casi inmediatamente, me contestó:

- No, también le doy charquicán....

Todos nos reímos en la cocina por su afirmación. Claramente eligió el mejor ejemplo de un alimento extremadamente nutritivo capaz de contrarestar un paquete de Oreo.

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