Hace algunos días comencé a reparar unas ventanas de mi casa que estaban medio destruidas. Son ventanas de madera y la parte que estaba dañada era la que cubre la parte de abajo de la lluvia para que no se meta hacia adentro. En una de las ventanas, además, había una fractura en la madera que se notaba demasiado y que, además, en cualquier momento se iba a romper provocando un problema peor.
Como es habitual en este tipo de proyectos, compré aquellos implementos necesarios para el arreglo: pintura, pegamento, pasta de madera, lija de madera, guantes (que no tenía), etc., y me puse a trabajar. Las niñas, obviamente, lo único que querían era ayudarme, en particular, con la aplicación de la pasta de madera y con la pintura. Cuando es posible, siempre dejo que me ayuden en estas cosas así que esta vez no fue la excepción. El principal problema fue lograr determinar el orden en que cada una de ellas me ayudaría: las dos querían hacerlo primero. No recuerdo bien ahora cuál fue el orden en el que lo hicieron al final, pero, las dos me ayudaron felices.
La tarea del sábado fue lijar y aplicar la pasta muro para dejarla secar bien. La tarea del domingo fue aplicar dos manos de pintura para sellar bien el arreglo. Para esto, el domingo en la mañana aplicamos la primera mano. Cada una tuvo la oportunidad de aplicar la pintura una y otra vez sobre el borde de la ventana. Después salimos a comer y a hacer algunas otras cosas y regresamos en la tarde justo a tiempo para aplicar la segunda mano de pintura.
Cuando ibamos entrando a la casa, le comenté a las niñas:
- Tenemos que apurarnos niñas porque tenemos le tenemos que dar dos manos de pintura a la ventana.
La Anto, que ya estaba entusiasmada con la idea, agregó de inmediato:
- ¡Yo tengo dos manos asi que podemos hacer lo que nos dijiste y yo quiero ayudarte!
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