miércoles, 8 de agosto de 2012

La Confesión

Hace unos días que la Anto anda con un dolor de garganta leve. En términos generales, el dolor le viene en la noche cuando se va a dormir y aún no sabemos muy bien cómo eliminarlo.

Hoy fuimos a comprar helados con las niñas al kiosko de la esquina. Nos fuimos caminando porque está relativamente cerca y, además, porque para las niñas irse caminando es el mejor plan que les podemos proponer (nos salieron súper buenas pobres, je, je). 

Mientras caminábamos hacia los helados, mi esposa le hizo una broma a la Anto.

- ¡Uy, se nos olvidó una cosa!... ¡La Anto no puede comer helado porque después le duele la garganta!

La Anto, obviamente, no estaba dispuesta a transar su helado, razón por la comenzó a argumentar de inmediato. Mi esposa, con tal de seguir con la broma, siguió insistiendo en la razón por la que no iba a poder comerse un helado y, cuando estábamos llegando, volvió a hacer la afirmación, indirectamente, del dolor de garganta de la Anto y, por lo tanto, su imposibilidad de comer helado.

La Anto no lo pensó dos veces y nos confesó cómo operaba su enfermedad.

- Si... Si puedo comer helado... porque a mi sólo me duele la garganta en la casa.

No creo que estemos enfrentados a un caso de contaminación intradomiciliaria severo, por lo que, no haremos ningún tipo de revisión después de este comentario de la Anto.

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