La Anto, habitualmente, siempre anda pidiendo jugo. Hoy no fue la excepción. Aprovechando que fui a la cocina a buscar algo, la Anto me siguió y me pidió le sirviera jugo. Sin darme cuenta, tomé el jugo que estaba sobre la mesa de la cocina, le serví en su vaso y se lo pasé.
La Anto lo recibió y comenzó a tomar. En paralelo, yo también me serví un poco, aprovechando que estaba ahí. Casi inmediatamente dejé de tomar porque, en realidad, el jugo estaba pésimo. La Anto, que seguía tomando a pesar de todo, me miró y me preguntó:
- ¿Para ti el jugo también está un poco buaj?
Pobrecita, pese a su sed, igual se estaba tomando el jugo que estaba pésimo. Lo boté e hice jugo nuevo. Ella, sin pensarlo, se quedó esperando para seguir tomando.
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